En los últimos siete años, los Pumas se han convertido, a todos los efectos, en una potencia del rugby mundial. No es una hipérbole: los números cuentan un crecimiento real y medible. Argentina ha cosechado “dieciocho victorias contra selecciones asentadas de forma estable en el top 10 del ranking de World Rugby, un dato que iguala lo logrado en toda la década anterior”. Es un salto de calidad que no se explica solo por una buena generación ni por algún golpe aislado: es la prueba de un sistema que ha empezado a producir resultados con continuidad.
Durante sus campañas en el Rugby Championship, vencieron a Nueva Zelanda, Sudáfrica y Australia, y cerraron el 2024 con un triunfo ante Italia en la Autumn Nations Series. Entre el tercer puesto de la Copa del Mundo de 2007 y el casi tercer puesto de la Copa del Mundo de Rugby 2023 hay un abismo de preparación, organización y recorridos formativos construidos desde abajo.
Pero ¿cómo se formaron Los Pumas? Y sobre todo: ¿hay algo en ese camino que pueda convertirse en una lección útil también para Italia?
La comparación con Argentina, en realidad, no es casual. Desde hace años existe un hilo directo, cada vez más evidente, entre el rugby argentino y el italiano: basta pensar en la relación con nuestras franquicias, que han acogido y valorizado a varios jugadores albiceleste – Albornoz, los hermanos Farías, Carreras y muchos otros. Hay además un elemento que vuelve el paralelismo todavía más interesante: en Argentina unas 25.000.000 de personas (el 62% de la población total del país) pueden reivindicar ascendencia italiana. Un dato que no es solo demográfico: cuenta un vínculo histórico profundo, una cercanía cultural y hasta una posible “base común” sobre la que razonar cuando se habla de identidad, formación y pertenencia deportiva entre los dos mundos.
Este artículo también está disponible en italiano e inglés.
- Por qué Argentina se convirtió en una potencia
- Exportación de jugadores a Europa: por qué emigrar no dispersa
- La lección para Italia
Por qué Argentina se convirtió en una potencia
Las raíces de este éxito se remontan al siglo XIX, cuando numerosos emigrados británicos llegaron a Argentina en busca de nuevas oportunidades. Con sus tradiciones llevaron también un deporte extraño, el rugby, practicado con una pelota de bote impredecible y destinado, con el tiempo, a echar raíces profundas en la élite del país. Entre los siglos XIX y XX, el deporte funcionó como una forma de socialización para las nuevas generaciones de las clases acomodadas. Entrar en un club universitario como el CUBA (Club Universitario de Buenos Aires) no era solo hacer deporte, sino también prepararse para formar parte de la futura clase dirigente. Y para entrar hacía falta ser “cooptado” por miembros ya inscritos. En el pasado reciente, Sebàstian Fuentes, investigador del proyecto Globalsport de la Universidad de Ámsterdam, ha mostrado cómo esa división social todavía se refleja hoy en la geografía de Buenos Aires.
“Los lugares de la vida cotidiana de los miembros de los clubes de rugby más tradicionales de la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA) se sitúan todos a lo largo de trayectorias lineales similares. Los clubes que dominan la URBA y ganan la mayor parte de los partidos en el campeonato amateur se encuentran, de hecho, en la Zona norte. San Isidro [situada en la zona norte de la ciudad] representa un territorio de la alta y media-alta burguesía, donde la gente elige vivir por el contexto paisajístico de calidad y por la presunta homogeneidad de clase”.
Fue precisamente a partir de estas contradicciones como el rugby argentino puso en marcha un proceso de reforma profundo, en el que la tradición fue reubicada dentro de un sistema más estructurado y meritocrático. La Unión Argentina de Rugby reforzó progresivamente un modelo federal capaz de detectar, desarrollar y acompañar el talento a lo largo de un recorrido claro y compartido, reduciendo el peso de las pertenencias sociales y aumentando el de la prestación, la ética del trabajo y la mejora individual. Incluso cuando afloraron rigideces de clase – como en el caso de viejos posts de Petti, Socino y Matera, que llevaron a una exclusión temporal de la selección – la dirección del movimiento siguió siendo clara: elevar los estándares no solo técnicos, sino también culturales.
Academias regionales y academia nacionales: el camino UAR y los Pumitas
El recorrido de crecimiento de los jóvenes rugbiers se reorganizó en 2019 según un sistema meticuloso y progresivo, pensado para valorizar el talento sin quemar etapas. Todo empieza en los clubes locales, que en Argentina son mucho más que simples equipos donde dar los primeros pasos. Es ahí donde los jugadores absorben la cultura del club, aprenden el sentido de pertenencia y reciben una primera “impronta” identitaria: una especie de ADN rugbístico que, con el tiempo, acaba caracterizando a muchos atletas del Río de la Plata. A propuesta de los clubes, los perfiles más prometedores son convocados por la UAR y orientados hacia una de las academias regionales en los principales polos del país: Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Tucumán y Mendoza. Quien demuestra tener las cualidades requeridas puede acceder al siguiente escalón: una de las 17 academias nacionales, donde la selección se vuelve todavía más rigurosa. La federación selecciona alrededor de un centenar de jugadores para un torneo federal que funciona como banco de pruebas. Ahí llega el salto decisivo: los mejores son elegidos para la selección Sub-20, los Pumitas.
Ya en edad adulta, los jugadores pueden dar el salto al rugby profesional debutando en una de las franquicias argentinas del Super Rugby Americas, el torneo anual de rugby a 15 que reúne equipos profesionales de Argentina (como Pampas XV, Dogos XV y Tarucas), además de formaciones de Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay y Estados Unidos.
Pero no hay sitio para todos, ni el mismo minutaje: la competencia es feroz y los puestos de titular son pocos. Por eso, y no solo por ambición personal, muchos talentos argentinos entran pronto en el radar de los clubes europeos y toman la ruta de la emigración deportiva. A primera vista podría parecer una dispersión perjudicial; pero, en el caso de los Pumas, a menudo ocurre lo contrario: si el sistema federal ha dado una preparación sólida, el intercambio de competencias e influencias entre la cultura rugbística argentina y la europea se convierte en un valor añadido que repercute en todo el movimiento. Un ejemplo por encima de todos: la victoria de Argentina sobre Nueva Zelanda en el Rugby Championship 2025. Argentina alineó un XV compuesto íntegramente por jugadores con contrato en clubes europeos, un 100% “export” que no es una excepción, sino la señal de un mecanismo estable. Porque si el recorrido formativo es compartido desde jóvenes y los principios de juego están claros, la distancia geográfica no erosiona la identidad: la selección sigue funcionando como un bloque compacto, reconocible y cohesionado.

Dentro de este marco, la comparación con Italia – siempre sobre los dos XV titulares de 2025 – se convierte en una prueba de fuego. La Italia que derrotó a Australia en las Autumn Nations Series presentó un perfil más híbrido: en el XV inicial, solo el 40% estaba bajo contrato con una franquicia italiana, mientras el 60% restante procedía de Francia e Inglaterra (Top 14 y PREM). El punto, sin embargo, no es decidir si “jugar fuera” equivale automáticamente a calidad: es entender cuánto una federación logra transformar el extranjero en palanca de sistema, integrándolo con continuidad en los recorridos, en los principios de juego y en la construcción de una identidad técnica común.
Argentina ha demostrado, por tanto, que la fuerza de una selección no depende de la proximidad geográfica de sus atletas, sino de la solidez del camino que los formó y de la claridad del modelo con el que se los reinserta. Cuando el recorrido académico es coherente, la emigración no dispersa: eleva el nivel. Y ahí el caso argentino deja de ser una anomalía y se convierte en una lección útil para Italia.
El punto, entonces, no es jugar con los Pumas, sino ser un Puma. Y serlo siempre, estés donde estés.
Exportación de jugadores a Europa: por qué emigrar no dispersa
El modelo argentino demuestra que la emigración de talentos no debilita, sino que refuerza. Y es exactamente este el camino que Italia debería seguir. Aunque la mayor parte de sus jugadores milite en clubes europeos, el sistema federal argentino ha sabido crear una base cultural, técnica e identitaria tan sólida como para mantener intacta – e incluso reforzar – la cohesión de la selección. En esta óptica, nuestro movimiento oval debería alegrarse de ver firmar en los mejores clubes del continente a jugadores como Lucchesi, Riccioni y Fischetti. También Tommaso Allan lo defendió públicamente: “La diversidad es una fuerza. He recogido pequeñas piezas aquí y allá de todos los países en los que he estado y en los que he jugado: de los demás siempre se aprende algo. Seguro que ha mejorado el rugby italiano. Y será cada vez más la norma. Yo estoy totalmente a favor”.
Otro caso que prueba esta riqueza adquirida es la experiencia inglesa de Edoardo Todaro. Llegó a Inglaterra con catorce años, recorrió todo el pathway de los Northampton Saints antes de convertirse en una estrella del club y el gran esperado del Seis Naciones para nuestra selección de rugby a 15. Su historia es paradigmática: pese a haberse formado rugbísticamente en otro país, el recorrido juvenil a través de los niveles de la selección italiana le permitió mantenerse en contacto con el grupo y con la identidad de juego azzurra. Exactamente como ha hecho Argentina con sus Pumas: hoy son en gran parte atletas con contrato en Europa, pero mantienen una identidad fuerte y compartida gracias al trabajo de clubes locales, academias regionales y federación.

De 73 jugadores y jugadoras italianos considerados – gracias al trabajo valiosísimo de la página de Instagram Italian Rugby Players Abroad – el 82% de nuestros recursos en el extranjero se concentra hoy en Francia (19 mujeres, 15 senior, 26 espoirs).
Es la calidad del vínculo, no la proximidad geográfica, lo que marca la diferencia. Ver a Benetton Treviso y Zebre Parma perder algunos de los mejores talentos no debería leerse como una pérdida de calidad por parte de las franquicias y de nuestro rugby, sino como una oportunidad: crear espacio y minutos para talentos como Leonardo Marin en Treviso y David Odiase en Parma. Al mismo tiempo, a través del talento emigrado podremos traer de vuelta a Italia metodologías y competencias de las que se beneficiarán no solo los jugadores, sino todos los niveles del movimiento. Temer la fuga de talentos significa no confiar en la propia capacidad de formarlos y regenerarlos. Pero en un deporte cada vez más global y competitivo, cerrarse solo puede traer estancamiento. Al contrario, un sistema capaz de hacer nacer, acompañar y luego liberar a sus jugadores hacia el máximo nivel es un sistema maduro, resiliente y destinado a crecer con el tiempo.
La lección para Italia
Un jugador que hoy, más que otros, necesita minutos y, sobre todo, confianza es Alessandro Garbisi. Aunque acaba de renovar hasta 2028, con Andy Uren (también bajo contrato hasta 2028) por delante en la jerarquía y Werchon destinado a volver al biancoverde desde el verano de 2026, el espacio disponible para él corre el riesgo de estrecharse hasta convertirse en una “tierra de nadie”: demasiadas pocas titularidades para construir continuidad, demasiadas apariciones esporádicas para incidir de verdad. Con veintitrés años es una situación peligrosa, porque un medio de melé no crece a tirones: crece con responsabilidad, con gestión, con la repetición de decisiones dentro de partidos reales.

El problema, además, no es solo de club. Si en el Seis Naciones 2026 Fusco ya le ha quitado sitio en las rotaciones de los primeros partidos, el riesgo de deslizarse a los márgenes del ciclo azzurro no es abstracto: es concreto y aumenta cada semana en la que su rugby sigue sin ritmo estable. Por eso, con la idea de recuperar continuidad y no perder terreno en la selección – donde fue repescado a última hora para sustituir al lesionado Fusco -, valorar un nuevo destino en el extranjero – Top 14, Pro D2 o PREM – podría ser crecimiento deportivo. Garbisi no puede permitirse temporadas de suplente. Necesita partidos que conducir, decisiones cuando la pelota quema, errores que cometer y corregir en el camino, no pagar como culpas definitivas ante entrenadores y aficionados. Es el mismo mecanismo que ha hecho grande al modelo argentino: muchos talentos se forman en casa, luego encuentran en ligas extranjeras el contexto ideal para dar el último salto y volver a la selección más fuertes, más maduros, más listos. Para Garbisi, una elección así no sería alejarse del azzurro, sino una inversión en su futuro con el azzurro.
Más que Italian Exiles: una estrategia federal
La internacionalización, por tanto, no es una amenaza para las franquicias italianas, sino una palanca estratégica para toda la cadena del rugby italiano. Pero con una condición: que vaya acompañada de una visión federal clara, una identidad técnica compartida y una voluntad política de hacer crecer no solo a las escuadras, sino también a las personas que las componen.
El punto no es jugar con los Pumas, sino ser un Puma. Y serlo siempre, estés donde estés.
Mientras en las franquicias se libera espacio y minutos para los perfiles más interesantes del panorama juvenil – que pueden así asomarse al URC y arrancar un crecimiento real -, los jugadores que eligen (o logran) emigrar al Top 14 o a la PREM elevan aún más el listón de su desarrollo. Allí se entrenan en entornos más exigentes, con intensidades diarias superiores, bajo la guía de staffs de primer nivel y contra rivales habituados a ritmos y estándares físicos a menudo más altos. No es solo una cuestión de dureza: es, sobre todo, aprendizaje. Confrontándose con estilos distintos y viviendo vestuarios internacionales, estos atletas absorben metodologías, hábitos y lecturas del rugby diferentes, volviendo con un bagaje técnico, táctico y cultural más amplio. Esa riqueza, al regresar a la selección, se convierte en patrimonio colectivo: competencias individuales que se transforman en calidad de equipo.
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